Vasitos de cheesecake de mascarpone con mermelada de mora y masa bretona

Miro los techos, miro hacía arriba. La luz parece purpurina al atravesar los viejos cristales de las puertas y el arco que los enmarca forma ya parte de mi retina. Miro a los techos miro hacía arriba. Mis pies aún tocan irremediablemente al suelo. Ese que han pisado generaciones enteras. El suelo es mi experiencia, mi consciencia pero también mis anclajes, mis miedos. Miro hacía al techo y me dijo que deberíamos mirarlo más. Nos perdemos tantos detalles al mirar al frente. Nos perdemos el presente, el estar. Si por mí fuera mi mirada se perdería en cada detalle que me rodea, desde los suelos gastados por su historia a los techos agrietados y burgueses que bendicen amorosos mi cabeza. Toco la madera, esas que tantas manos habrán tocado antaño.  Y me pregunto cómo serían sus vidas, sus sueños, sus miedos. Me pregunto si ellos también miraban los techos y si la purpurina de la luz bañó sus deseos.

 

Cada vez creo más que he nacido para reflexionar. En la vida hay personas que son sprinters natos. Yo hubiera sido la tortuga del cuento. No por falta de energía, que la tengo, ni de iniciativa, pero no soy una persona de tomar decisiones rápidas. Las mías son lentas, maceradas, aunque definitivas, ponderadas. No busques en mi alguien que te de una visión completamente distinta o una idea millonaria y revolucionaría. En mí por contra encontrarás una persona que pondrá en la báscula todos los ángulos, incluso los que no te has planteado, todos sus pros y todos sus contras y que los relacionará y desarrollará, que tirará de la cuerda. Hasta no hace mucho, muy poco, esto me agobiaba, me sentía lenta en un mundo que exige cada vez más decisiones rápidas, inmediatas. Me agobiaba ser siempre el pensamiento crítico, en un mundo donde todo te empuja a pensar en grande. Me agobiaba nadar siempre a contracorriente. Sin embargo me estoy reconciliando cada vez más conmigo misma, con mi estilo a fuego lento.


El mundo debería buscar la suma de distintos talentos para tomar las grandes decisiones. Debería encontrar el equilibrio entre las personas que son capaces de ver un proyecto de forma detallada sin perder el aspecto global para que luego otras personas tomen esas decisiones rápidas y a veces arriesgadas, que a los reflexivos a veces nos anclan. Pero si el mundo no es así, no puedo hacer nada. Ni él puede adaptarse a mí, ni yo a él. Tenemos que decidir entre vivir alineados con nosotros mismos o vivir sin ser nosotros. Y yo, en la medida de lo posible, decido ser yo.


Llevo ya tres semanas con el curso de Cristina Camarera, Un trabajo a tu medida, y con esa dualidad que la caracteriza, ha conseguido que me reconcilíe, que deje de frustrarme por no ser un cohete, por no querer dejar mi trabajo, por querer llevar mi proyecto personal en pararelo, para darme tiempo para descubrir, para probar, para construir nuevos puentes si es necesario. Los proyectos son como los libros. Te apasionan en determinados momentos de tu vida, te dejan indiferente en otras. Las personas evolucionamos y los proyectos con nosotros. Y a la vez me está dando la energía para emprender, para tomar acciones que mi naturaleza reflexiva anclan. Y este equilibro, me está permitiendo seguir avanzando, con una mirada más enfocada y definida.

Con esta reflexión y estos vasitos de cheesecake de mascarpone os dejo. Son unos vasitos para comer a cucharaditas, a fuego lento. No querréis que se te terminen os lo prometo y cuando miréis el vaso vacío os sentiréis un poco más felices. Ya me imagino vuestra sonrisa en la cara y esto me hace a mi también un poco más feliz.

Sé que he tardado en publicar, pero a veces la vida da giros, y nosotros tenemos que aprender a girar con ella, como si bailaramos un viejo swing.


Cheesecake de mascarpone con mermelada de mora
y masa bretona

Ingredientes para la masa bretona:

137g de mantequilla salada
45g de azúcar glas
5g de yema de huevo duro rallado
125g de harina floja
25g de fécula de patata (también sirve la harina de arroz)

Ablandamos la mantequilla con un golpe de microondas de manera que se pueda batir. Añadimos el azúcar, la yema de huevo, la harina, la fécula y mezclamos a mano con una espátula o en la amasadora. Extender entre dos hojas de papel de hornear. Colocamos sobre una bandeja de hornear (sin quitar el papel) y congelamos.

Precalentamos el horno a 160º y colocamos la masa congelado sobre la bandeja de hornear sobre un silpad. Horneamos sin descongelar unos 15 minutos y troceamos en caliente.

No cabe decir que esta en masa para galletas es brutal.

Cheesecake de mascarpone:

250g de mascarpone
80g de azúcar
1 huevo
2g de sal
30g de harina

Precalentamos el horno a 160º.

Mezclamos el mascarpone con la yema en un bol con la ayuda de unas varillas de mano. Añadimos la mitad del azúcar, la sal y la harina.

Aparte montamos la nata a punto de nieve y le añadimos el resto del azúcar.

Incorporamos de forma envolvente la nata a la preparación anterior con la ayuda de una espátula. Rellenamos los vasitos, a 3/4 del vaso porque sube, y cocemos unos 15/20 minutos.

Dejamos enfriar bien en nevera.

Montaje

Mermelada de mora (la podéis comprar hecha o hacerla vosotros, sólo tenéis que cambiar la fruta)
Moras y arándanos para decorar

Colocamos un poco de masa bretona sobre el cheesecake. En un cazo calentamos un poco la mermelada para que sea líquida y la ponemos por encima de la masa bretona, ponemos más masa y decoramos con las moras y los arándanos.

Pan de centeno integral con masa madre

La mirada cambia. La mirada nos acompaña en nuestro viaje personal. Se transforma, se expande, se detiene en los detalles. A veces esa mirada se contenta con el plano general. Es la mirada del que prefiere o decide no viajar. Viajar desde dentro hacia fuera. Es la mirada  del que sigue viendo en una puerta un simple marco rectangular. 


Mi mirada de pequeña perseguía las sombras. Las que se filtraban por los pórticos del balcón y jugaban caprichosas en el viejo suelo hidráulico. Mi mirada de pequeña perseguía hadas de luz bailando en la habitación. Pero mi mirada con el tiempo dejó de fijarse en los detalles. Se resistía, pues a veces la sorprendía parada en una ventana, o los reflejos del sol balanceándose sobre el mar, pero estaba demasiado ocupada en los grandes detalles que la vida le deparaba como para jugar.



Sin embargo volvió y  le permití entrar. Desde entonces se para en mis pies al despertar. En la tenue luz que se filtra entre las viejas puertas, en sus arcos y su cristales goteados y la escarcha en la pintura. Lazos que entornan cinturas que se niegan al paso del tiempo. No, aún no. El fuego al encenderse y esas manos que deberían cuidarse más agarrando el asa de la tetera. La mirada se entrena. La mirada siempre está. Es parte de tu viaje personal. Desaprender para aprender lo que sabemos de forma innata al nacer. Que la vida es un viaje largo, sin caminos rectos, a la que a veces tendrás que saltar, pero a la que menudo tendrás mejor que tender puentes.

Cuando publiqué la receta del brioche, a algunos os pareció compleja, con muchos levados. La verdad, es que nos abrumamos delante de las cosas que requieren cierto tiempo porque nos hemos acostumbrado a la inmediatez.  Me incluyo en ello. Inmediatez en las noticias, al comprar, al comer y al trabajar. Pero dejadme deciros que la vida es muy sabia y que entre levado y levado, mientras la naturaleza hace su curso, nos da un margen para hacer lo que queramos. Nos permite una ventana al mundo. El esfuerzo al final es mínimo, el resultado óptimo y nuestra alma agradece este proceso mágico.

Este pan de centeno integral con masa madre también requiere sus fases de levado. Primero para la masa madre, que podremos ir reutilizando para los siguientes panes, y después para el pan en sí. Pero veréis que es muy agradecido. No se tiene que amasar y es un pan fantástico, con un sabor fuerte y que dura días y días. Es más cuanto más días pasan más rico está. Y además ya veréis que cada paso no requiere apenas nada de elaboración.

La receta la saqué del libro Scandinavian baking. Un libro que compré en Dinamarca y que me encanta porque puedes imaginarte perfectamente sentado en una de sus cocinas, protegiéndote del frío en invierno. Son recetas tradicionales. Cocinar y hornear en casa es parte de su cultura. Y hacer pan también. La dureza del clima, les ha enseñado a valorar los pequeños detalles y las conversaciones alrededor de una mesa. Dicen, que a esta mirada, a este sentir, le deben la felicidad.

Este pan se suele acompañar con ingredientes salados en rebanadas bajo el nombre de Smorrebrod.

En el blog también encontraréis un pan de molde de centeno integral que aprendí con Iban Yarza.


Pan de centeno integral con masa madre


Ingredientes para la masa madre:

350ml de buttermilk (para hacer el buttermilk sólo tenemos que coger 400ml de leche y añadir 40ml de zumo de limón, mezclar y dejar reposar 10 minutos)
200g de harina de centeno integral

Mezclamos el buttermilk y la harina y cubrimos con un trapo. Dejamos reposar a 22-25º durante dos o tres días. Cuando empiece a hacer burbujas está lista para usar.

Ingredientes para el pan:

Día 1:
400g de masa madre
750ml de agua tibia
8g de sal
500g de harina de centeno integral
250g de harina de fuerza blanca

Disolvemos la masa madre con el agua tibia en un bol grande. Añadimos la sal y mezclamos con una cuchara de madera o en la amasadora con el gancho. Cubrimos el bol con un trapo y dejamos levar entre 12-24 horas a temperatura ambiente.

Día 2:

500g de granos de centeno (se tienen que dejar en remojo la noche antes)
250 de agua fría
Aceite vegetal para el molde

Añadimos los granos de centeno y el agua a la masa y mezclamos con una cuchara de madera. Es una masa líquida y no se puede amasar. Cogemos 400g de esta masa y la ponemos en un tupper. La dejamos en la nevera. Será nuestra masa madre para la próxima ve (dura una semana en la nevera y la tendremos que reactivar durante 3 días).

Pintamos con aceite vegetal un molde rectangular de unos 3 litros de capacidad y lo rellenamos a 3/4 con la masa restante. Cubrimos con un trapo y dejamos levar durante tres o cuatro horas. O hasta que la masa alcance el borde del molde. Pintamos con agua y añadimos semillas a nuestro gusto.

Precalentamos el horno a 180º y horneamos una hora y media. Dejamos enfriar sobre una rejilla.

Los podéis acompañar con lo que queráis. Pero a mi me gusta mucho con queso fresco. En la foto le añadía aguacate. También está muy rico con gambas, con tomate y huevo, con patata y mayonesa, salmón...las opciones son infinitas...

¡No os perdáis la receta del cheesecake de mascarpone la próxima semana!