Bundt cake de avellanas

Ha caído un trozo a pesar de mis promesas. Delante del teclado descansa la taza de te y en el plato aún se ven las migas del pecado. Fuera hace frío, la tele suena y la lista de cosas por hacer es infinita. A pesar del frío voy enfundada con un vestido fino. Sé que mañana no me tocará otra que ponerme los pantalones que apenas me entran y me embutiré en un jersey que me hacen parecer a la oveja Shaun. Por lo que hoy aprovecho. Aprovecho también para desentumecer mis dedos con vosotros. Un ejercicio que había olvidado por las fechas de Navidad, las compras, los encargos de turrón y ese frenesí en el que vivimos en esa época y que me digo cada año nunca más. Pero que siempre acaba repitiéndose como el trozo de pastel de avellanas que ha caído a pesar de mis pesares.

Por lo que no pienso hacer balances y dedicarme a la evaluación continua que es lo que se lleva. Ni tampoco voy a marcarme propósitos de año nuevo. Simplemente dejaré que las cosas fluyan y ellas ya encontrarán cómo llegar al mar o crear un propio si hace falta.

En todo caso os deseo un feliz inicio de año y que esté lleno de momentos y proyectos bonitos.


Este ejercicio era necesario, porque cuando nos entumecemos es muy fácil caer en la desidia. Es como una bicicleta con las ruedas oxidadas. Te dices que tienes que seguir lo que te dicta el cuerpo en cada momento, pero a menudo son sólo excusas para no escuchar lo que nos dice el corazón. El cuerpo nos pide parar, pero esos parones son para coger impulso y crecer, fortalecerte. No para quedarte allí, en la desidia.


Total, que ahí, me puse chula y me dije de publicar aunque las fotos no fueran ideales. Una tiene que sacar su lado Pantoja de vez en cuando. Aunque ya podría salirme su cuenta bancaria.

Este año empieza cargadito pero iremos tejiendo el camino y si es necesario extenderemos nuevos puentes.

¿Qué tal si iniciamos el camino con este bundt cake de avellanas?

Bundt cake de avellanas

Ingredientes para el cake:

250g de mantequilla
225g de azúcar moreno
2 cucharadas de azúcar moreno (para triturar junto a las avellanas)
125g de avellanas tostadas sin piel
175g de harina
3 1/2 cucharaditas de levadura
1/4 de cucharadita de sal
5 huevos medianos
1 cucharita de extracto de vainilla

Para las avellanas caramelizadas (decoración):

150g de azúcar glas
300ml de agua
50g de avellanas tostadas y sin piel

Precalentamos el horno a 170º y engrasamos un molde de bundt cake de 20 cm (también lo podéis hacer en un molde normal.

Fundimos la mantequilla en un cazo a fuego medio hasta que coja un color dorado, lo colamos para separar el suero y la mezclamos con el azúcar moreno. Dejamos enfriar.

Con un robot de cocina trituramos las avellanas junto a las dos cucharadas de azúcar moreno. Con cuidado de que no llegue a soltar aceite.

En el bol de la amasadora mezclamos los secos: la harina, la levadura y la sal. Aparte, añadimos los huevos y la vainilla a la mantequilla y mezclamos bien.

Poco a poco vamos añadiendo la mezcla de mantequilla a los secos hasta que quede una mezcla homogénea. Acabamos, añadiendo la avellana triturada.

Vertemos la masa en el molde y horneamos unos 35-40 minutos. Dejamos enfriar sin desmoldar unos 10 minutos y después desmoldamos y dejamos enfriar sobre una rejilla.

Preparamos las avellanas caramelizadas. Es el mismo proceso que si quisieramos garrapiñarlas.

Mezclamos el azúcar y el agua en un cazo. Con la ayuda de un termometro calentamos hasta 121º. Vertemos las avellanas y con una cuchara de palo vamos mezclando y mezclando hasta que el azúcar coge una textura de arena y las avellanas estén bien envueltas.

Extendemos las avellanas sobre un papel de hornear para que se enfríen. Y acompañamos el pastel con las avellanas.

Vasitos de cheesecake de mascarpone con mermelada de mora y masa bretona

Miro los techos, miro hacía arriba. La luz parece purpurina al atravesar los viejos cristales de las puertas y el arco que los enmarca forma ya parte de mi retina. Miro a los techos miro hacía arriba. Mis pies aún tocan irremediablemente al suelo. Ese que han pisado generaciones enteras. El suelo es mi experiencia, mi consciencia pero también mis anclajes, mis miedos. Miro hacía al techo y me dijo que deberíamos mirarlo más. Nos perdemos tantos detalles al mirar al frente. Nos perdemos el presente, el estar. Si por mí fuera mi mirada se perdería en cada detalle que me rodea, desde los suelos gastados por su historia a los techos agrietados y burgueses que bendicen amorosos mi cabeza. Toco la madera, esas que tantas manos habrán tocado antaño.  Y me pregunto cómo serían sus vidas, sus sueños, sus miedos. Me pregunto si ellos también miraban los techos y si la purpurina de la luz bañó sus deseos.

 

Cada vez creo más que he nacido para reflexionar. En la vida hay personas que son sprinters natos. Yo hubiera sido la tortuga del cuento. No por falta de energía, que la tengo, ni de iniciativa, pero no soy una persona de tomar decisiones rápidas. Las mías son lentas, maceradas, aunque definitivas, ponderadas. No busques en mi alguien que te de una visión completamente distinta o una idea millonaria y revolucionaría. En mí por contra encontrarás una persona que pondrá en la báscula todos los ángulos, incluso los que no te has planteado, todos sus pros y todos sus contras y que los relacionará y desarrollará, que tirará de la cuerda. Hasta no hace mucho, muy poco, esto me agobiaba, me sentía lenta en un mundo que exige cada vez más decisiones rápidas, inmediatas. Me agobiaba ser siempre el pensamiento crítico, en un mundo donde todo te empuja a pensar en grande. Me agobiaba nadar siempre a contracorriente. Sin embargo me estoy reconciliando cada vez más conmigo misma, con mi estilo a fuego lento.


El mundo debería buscar la suma de distintos talentos para tomar las grandes decisiones. Debería encontrar el equilibrio entre las personas que son capaces de ver un proyecto de forma detallada sin perder el aspecto global para que luego otras personas tomen esas decisiones rápidas y a veces arriesgadas, que a los reflexivos a veces nos anclan. Pero si el mundo no es así, no puedo hacer nada. Ni él puede adaptarse a mí, ni yo a él. Tenemos que decidir entre vivir alineados con nosotros mismos o vivir sin ser nosotros. Y yo, en la medida de lo posible, decido ser yo.


Llevo ya tres semanas con el curso de Cristina Camarera, Un trabajo a tu medida, y con esa dualidad que la caracteriza, ha conseguido que me reconcilíe, que deje de frustrarme por no ser un cohete, por no querer dejar mi trabajo, por querer llevar mi proyecto personal en pararelo, para darme tiempo para descubrir, para probar, para construir nuevos puentes si es necesario. Los proyectos son como los libros. Te apasionan en determinados momentos de tu vida, te dejan indiferente en otras. Las personas evolucionamos y los proyectos con nosotros. Y a la vez me está dando la energía para emprender, para tomar acciones que mi naturaleza reflexiva anclan. Y este equilibro, me está permitiendo seguir avanzando, con una mirada más enfocada y definida.

Con esta reflexión y estos vasitos de cheesecake de mascarpone os dejo. Son unos vasitos para comer a cucharaditas, a fuego lento. No querréis que se te terminen os lo prometo y cuando miréis el vaso vacío os sentiréis un poco más felices. Ya me imagino vuestra sonrisa en la cara y esto me hace a mi también un poco más feliz.

Sé que he tardado en publicar, pero a veces la vida da giros, y nosotros tenemos que aprender a girar con ella, como si bailaramos un viejo swing.


Cheesecake de mascarpone con mermelada de mora
y masa bretona

Ingredientes para la masa bretona:

137g de mantequilla salada
45g de azúcar glas
5g de yema de huevo duro rallado
125g de harina floja
25g de fécula de patata (también sirve la harina de arroz)

Ablandamos la mantequilla con un golpe de microondas de manera que se pueda batir. Añadimos el azúcar, la yema de huevo, la harina, la fécula y mezclamos a mano con una espátula o en la amasadora. Extender entre dos hojas de papel de hornear. Colocamos sobre una bandeja de hornear (sin quitar el papel) y congelamos.

Precalentamos el horno a 160º y colocamos la masa congelado sobre la bandeja de hornear sobre un silpad. Horneamos sin descongelar unos 15 minutos y troceamos en caliente.

No cabe decir que esta en masa para galletas es brutal.

Cheesecake de mascarpone:

250g de mascarpone
80g de azúcar
1 huevo
2g de sal
30g de harina

Precalentamos el horno a 160º.

Mezclamos el mascarpone con la yema en un bol con la ayuda de unas varillas de mano. Añadimos la mitad del azúcar, la sal y la harina.

Aparte montamos la nata a punto de nieve y le añadimos el resto del azúcar.

Incorporamos de forma envolvente la nata a la preparación anterior con la ayuda de una espátula. Rellenamos los vasitos, a 3/4 del vaso porque sube, y cocemos unos 15/20 minutos.

Dejamos enfriar bien en nevera.

Montaje

Mermelada de mora (la podéis comprar hecha o hacerla vosotros, sólo tenéis que cambiar la fruta)
Moras y arándanos para decorar

Colocamos un poco de masa bretona sobre el cheesecake. En un cazo calentamos un poco la mermelada para que sea líquida y la ponemos por encima de la masa bretona, ponemos más masa y decoramos con las moras y los arándanos.